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Entre nosotros y el objeto:

Entre nosotros y el objeto a lo largo de una cena familiares y no familiares raspaban el fondo con manos muy chicas y pies muy grandes y narices y bocas negras de carbón. Las malas ideas formaban bellas antenas brillantes coronando el perímetro delineado entre nosotros y el objeto. Los murciélagos que zurcaban la porción superior tomando a izquierda y derecha llegaban exhaustos desde otra reunión con molestias en las alas. Juan, que también sentía el cansancio, cerró los ojos y se durmió con la boca abierta. En las horas del atardecer la luz fue púrpura en los extremos y naranja con rosa sobre las araucarias. En la noche quieta y fría un ciervo estaba parado en la tierra y una manzana cayó desde una rama por el aire hasta la tierra. Desde ahí caminamos todos en círculos concéntricos de afuera hacia adentro siguiendo los surcos que habían dejado las herramientas en el piso. Las paredes era altas y estaban sucias con comida. En el medio del centro se veían brillar las herramientas que habían marcado el piso. Con un vaso de vidrio cerca de la oreja y otro sostenido frente a la boca, Juan murmuraba que la mesa estaba tendida para seis. Al costado las cortinas se movieron pero nada entró. El camino había sido largo y de a poco nos fuimos sentando algunos adentro y otros afuera. Llegaron té y música de los costados cuando oscureció y el viento zumbaba sobre cada superficie inaugurando el cambio de estación. Los días se hicieron muy cortos y la nieve obligó a los caballos a bajar de la montaña. Todo cambiaba: los duraznos, el agua, los ángeles, la piel... Todo absolutamente todo cambiaba para volver a ser casi igual, aunque lo suficientemente diferente para querer ser de nuevo. A Juan no le podía importar menos. Dormíamos la siesta de noche, cenabamos sin cubiertos, enterrabamos juguetes de niños para que se arruinen, y fregabamos con mierda las puertas de los Bancos para que dure el olor en las entradas. Nos iba bien, fundábamos y fundíamos empresas todas las semanas. Entre día y día quedaban fundidos a las noches los atardeceres y amaneceres sobre el mar. Los pájaros iban y venían atravezando el aire muy alto y lejos de la tierra. Mucho más lejos, superpuesto al plano de un arbusto que teníamos cerca en frente, se veían otros pájaros que se pulverizaban contra el horizonte y caían de a uno en gotas sobre las hojas del arbusto. Nos tiramos ahí mismo en el bajío a recibir la tarde disfrazados de siluetas y nada más. Cúando no hubo más luz el aire se organizó sobre el terreno y a nuestros lados la corriente la llevaba el demonio. Mirando el pastizal nos sorprendió ver que la salida no estaba lejos de la entrada, y con un pie en cada umbral, nos dividinos al medio y avanzamos simultaneamente en ambos sentidos por una misma dirección. Entre ese momento y el siguiente la sensación de segundo nos pareció realzar la ambigüedad de nuestros destinos como mitades de mitades en la mitad de la mediadez media. Miramos a los costados y no había nada y era mediodía. Unos perros dormían sobre el piso sin moverse ni hacer ruido. Sus orejas eran largas y negras bajando en degradé desde el primer pelo de la punta hacia la base marrón. Cruzamos un barrial, dos puentes quemados, y un monte atosigado de frutos rojos y verdes. Ni de un lado ni del otro había un objeto. Entre nosotros la distancia se medía en pies de doce pulgadas acomodadas una tras de otra en hilera como un tren largo de carga. Nos mirábamos todos y el resplandor mudo de nuestras formas nos hacía decir cosas lindas, y frases dulces entonadas especialmente para ese orden de letras del momento. Los ojos abiertos se tragaban la oscuridad y no brillaban en la noche que parecía enlatada. Al día siguiente esperamos. Los minutos se desprendían como mosquitos agitados de las horas planas de la tarde, y llenos de segundos formaban sucesivas nubes semitransparentes en el aire que atenuaban la luminosidad del cielo, y daban paso a otra noche. En el horizonte era notable lo parecido del color del cielo y de la tierra, que sólo se distinguía del color de nuestra piel por la profundidad de las distancias en el paisaje. Era verano, y así quedabamos estampados al paisaje en la realidad de esa época maravillosas de nuestras vidas.